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Psoriasis, la enfermedad que explotó en la pandemia

Psoriasis, la enfermedad que explotó en la pandemia

14:52 19 octubre in Artículos, Investigación Clínica, Salud en General
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En marzo, a Teddy, un taxista de 63 años, tuvieron que internarlo tres días para aliviarle los dolores articulares.
Lucía, de 11, llevaba casi tres años sin plaquitas en su cuerpo. Las lesiones volvieron a aparecer el año pasado, con la pandemia.
Apenas explotó la crisis sanitaria, Darío, un comerciante de 46 años, estaba a punto de obtener el alta del tratamiento psiquiátrico que había recibido a causa de un fuerte brote en su piel. La cuarentena impidió ese trámite y empeoró las cosas.
Para Valentina, de 16, no tener que ir al colegio es una carga menos. La exposición es algo que le cuesta desde las primeras manchitas, que llegaron justo al comenzar la primaria. A su mamá le preocupa que esta situación la retraiga todavía más.
A Silvia, periodista y fundadora de AEPSO, empezaron a aparecerle placas más duras y rebeldes y en lugares en los que nunca había tenido.

Teddy, Lucía, Darío, Valentina y Silvia viven con psoriasis. En Argentina, la enfermedad empeoró en la mitad de los pacientes en el transcurso de la pandemia de coronavirus, según una encuesta realizada por AEPSO (Asociación Civil para el Enfermo de Psoriasis).

El sondeo, cuyos resultados fueron adelantados a Clarín, fue realizado en el mes de mayo. Participaron casi 1500 pacientes de todo el país. El objetivo que se planteó la asociación fue relevar las problemáticas que enfrentaron y enfrentan las personas que viven con enfermedad psoriásica (EP) durante la pandemia de Covid-19, sus necesidades, sentimientos y comportamientos.

Al comparar el grado de actividad de la psoriasis al inicio y durante la pandemia, de cada 10 pacientes, en cinco empeoró, en cuatro no se modificó y apenas en uno mejoró, de acuerdo a lo relevado.

La pandemia generó una enorme carga adicional en los pacientes con enfermedades crónicas, esas con las que se convive, porque no tienen cura, pero que el tratamiento ayuda a controlar.

Personas con cáncer, con patologías cardiovasculares, dermatológicas, reumatológicas, con diabetes, entre otras tantas afecciones, vieron alterada su situación como pacientes a causa de la implosión del mundo tal como lo conocíamos por el nuevo coronavirus.

Las personas con psoriasis atraviesan problemas comunes a todas ellas (muchas, de hecho, son comorbilidades frecuentes) e inconvenientes particulares de una enfermedad en la que el estrés puede actuar como un gatillo y en la que las lesiones en la piel son apenas la punta del iceberg, la parte visible de una afección sistémica, que compromete a otros órganos.

«Los médicos al día de hoy perdieron más o menos entre el 35 y el 40 por ciento de sus pacientes. Es un montón de gente que dejó de atenderse, pero no solo dejó de atender su psoriasis», dice a Clarín la periodista Silvia Fernández Barrio, que convive con la psoriasis desde los 19 años y se encuentra al frente de AEPSO desde 2005.

«Mucha gente con psoriasis tiene otras enfermedades vinculadas, como diabetes, hipertensión, síndrome metabólico, colesterol alto, problemas cardiovasculares, obesidad, artritis, depresión. Todo este combo maldito no recibió la atención que tenía que recibir, los pacientes no vieron al cardiólogo, al endocrinólogo, al dermatólogo, al reumatólogo», añade Fernández Barrio.

Algunos datos en relación a esas comorbilidades de la enfermedad psoriásica: los casos severos tienen un 58% más de probabilidades de sufrir un evento cardíaco mayor, 46% de posibilidades de desarrollar diabetes tipo 2 y un 43% más de probabilidades de tener un ACV.

Además, uno de cada tres pacientes desarrollan artritis psoriásica, que se caracteriza por dolor y rigidez en las articulaciones, inflamación en los dedos de las manos y pies y dificultad para movilizarse.

Qué es la psoriasis

La psoriasis es una enfermedad crónica, no contagiosa, inflamatoria y autoinmune (es el sistema inmunológico el que falla), por lo que impacta en múltiples áreas del organismo.

Se manifiesta generalmente con manchas rojas con piel escamada en su superficie que provocan molestias y picazón. Las lesiones pueden presentarse en cualquier sitio del cuerpo, con diferentes formas de presentación como en placas, en gotas, palmo plantar, pustulosa, entre otras.

«Lo que nos ocurre a nosotros es que superproducimos la piel. La gente que no tiene psoriasis, normalmente cambia su piel cada 28 días aproximadamente, sin darse cuenta. Nosotros la cambiamos en dos o tres días porque tenemos el sistema inmune hiperactivado», simplifica Fernández Barrio.

En su tarea como líder de AEPSO, lleva años explicándole a pacientes de qué va la enfermedad, ayudándolos a resolver trámites para acceder a tratamientos y estableciendo un puente con especialistas de todo el país.

En 2014, la Organización Mundial de la Salud (OMS) reconoció a la psoriasis como una enfermedad no transmisible grave. La resolución subrayaba que demasiadas personas en el mundo sufren innecesariamente por la psoriasis debido a retrasos en el diagnóstico o diagnósticos incorrectos y acceso insuficiente a la atención, lo que afecta su calidad de vida y tiene impacto en la salud pública.
Todos esos problemas se profundizaron como consecuencia de la pandemia.

Pacientes, profesionales de la salud y organizaciones de la sociedad civil coinciden en la descripción de los factores que contribuyeron a empeorar la enfermedad y la calidad de vida: la suspensión de las consultas médicas en 2020 por la cuarentena y las complicaciones para acceder a los tratamientos, cuya interrupción da lugar a rebrotes y genera un estrés que, en muchas personas, favorece la exacerbación de la enfermedad.

La rueda dejó de girar: interrupción de controles

Casi 7 de cada 10 encuestados (67,7%) tenía controles médicos programados para después del inicio de la cuarentena (el 19 de marzo de 2020): el 43,3% pudo concretarlos (casi la mitad realizó consultas virtuales), es decir que uno de cada tres no accedió a los controles, principalmente porque el médico no estaba atendiendo o por miedo al contagio.

«Hay médicos que no les dejaron ni el WhatsApp ni el mail a sus pacientes», dice Fernández Barrio para graficar cómo muchos pacientes quedaron a la deriva y perdieron contacto con el sistema de salud.
En cuanto al impacto emocional, la mitad de los encuestados refirió haber sentido ansiedad e incertidumbre por la pandemia. La angustia aparece en tercer lugar.

«El temor fue enorme. Enorme -insiste la presidenta de AEPSO-. El año pasado, cuando empezó todo, estaban aterrorizados. Literalmente el teléfono no paraba de sonar.»

«Al principio de la pandemia hubo mucha incertidumbre, tanto de los pacientes como en los médicos», dice la médica dermatóloga Cristina Echeverría, presidenta de la Sociedad Argentina de Psoriasis (SOARPSO).

En ese momento, el interrogante que se planteaba era «si la infección por covid podía ser más riesgosa en este tipo de pacientes, lo que generó incluso que algunos que estaban con medicación inmunosupresora la suspendieran en forma unilateral, tanto por temor tanto al contagio, como de una mala evolución», cuenta Echeverría.

Casi uno de cada cinco (el 17,5%) de los consultados en la encuesta de AEPSO reconoció que suspendió la medicación por su cuenta por temor al Covid-19.

«Son pacientes que, en muchos casos, estaban con tratamientos sistémicos que les permitían estar bien y sin lesiones. Los inmunomoduladores actúan sobre todo el sistema inmunitario modificando la respuesta inmune, entonces ante el miedo -porque antes se les comunicaba que frente a infecciones debían consultar a su médico- suspendían tratamientos», coincide Alberto Lavieri, coordinador del Grupo de Trabajo de Psoriasis de la Sociedad Argentina de Dermatología (SAD).

«Además, en un principio los médicos estuvieron bastante confusos sobre qué decirles a los pacientes. Y algunos de estos pacientes dejaron de asistir a las consultas. ¿Por qué? Porque no podían salir de sus casas y los consultorios estaban cerrados. Esto motivó que pacientes que estaban bien y controlados comenzarán a tener brotes de psoriasis, empeoramiento de la enfermedad y todo lo que se había ganado, se comenzó a perder», añadió Lavieri.

Así, por miedo, por dificultades para movilizarse, por falta de acceso a los profesionales que los atendían o a la medicación, muchos suspendieron el tratamiento.

¿Las consecuencias? «Se les activaba la piel, las articulaciones y muchas veces se han descompensado las otras comorbilidades, como la diabetes», comenta Verónica Savio, del equipo de reumatología del Hospital Córdoba, Jefa de Reumatología e Investigación Clinica en Consultora Integral de Salud, e integrante del grupo de Estudio de Artritis Psoriásica de la Sociedad Argentina de Reumatología (SAR).

Falta de acceso a la medicación

A medida que se fue generando evidencia, no quedaron dudas sobre que las personas con psoriasis no tenían mayor riesgo frente al covid, salvo por las comorbilidades, y que los tratamientos tampoco los volvían más vulnerables (de hecho, algunos estudios mostraron que les brindaban más protección en comparación con la población general).

En paralelo, crecía un problema mayor: los inconvenientes que muchos debían atravesar para acceder a los tratamientos que les permiten mantener la enfermedad bajo control. Los obstáculos burocráticos que estaban acostumbrados a sortear se multiplicaron en el contexto abierto por la crisis sanitaria.

«Lo terrible de la pandemia fue que la rueda del mundo entero se paró. Las medicaciones no llegaban adonde debían llegar porque no dejaban pasar los camiones, pero también fue una fabulosa oportunidad para que los pagadores no cumplieran su rol. Dejaron de dar las medicaciones más caras, pero no solamente esas. Y no pasó solo en psoriasis, también en cáncer, diabetes (que les cambiaron las insulinas)», se indigna Fernández Barrio.

«Lo que no queremos en esta segunda ola es que se suspenda la atención ambulatoria, porque muchos pacientes necesitan del hospital para buscar su medicación. Si se corta el suministro, se convierte en una bola de nieve que no la parás más, advierte Savio.

Siete de cada 10 consultados en la encuesta estaban realizando algún tratamiento para la psoriasis cuando se inició la cuarentena. Esos tratamientos eran principalmente con medicamentos tópicos (cremas) o metotrexato. El 18,6% no pudo continuar la medicación durante el aislamiento preventivo obligatorio (ASPO).

Uno de los principales motivos que señalaron fue la falta de entrega por parte de la obra social, la prepaga o el Ministerio de Salud. Y el prestador de salud cambió la medicación sin previo aviso al 5,7% de los pacientes en tratamiento.

Muchas personas con enfermedad psoriásica -especialmente las de menores recursos, pero no exclusivamente- empezaban a quedar encerradas dentro de un espiral que iba sumando anillos.

«La psoriasis es una enfermedad que se manifiesta primariamente en la piel. La suspensión de los tratamientos (que cuando es abrupta puede generar efecto rebote), el estrés por la pandemia y por la propia situación, la falta de acceso a los controles: todo lleva a que lo que vemos es en muchos casos el empeoramiento de la piel», plantea Echeverría.

«Pero lo más grave o lo más serio -destaca- es aquellos pacientes que además tienen artritis, que son el 30% de los pacientes con psoriasis, donde la exacerbación de la inflamación articular, además de ser inhabilitante es riesgosa por las secuelas que puede dejar en el largo plazo.»

«En todas estas patologías de características autoinflamatorias, el estrés es un gatillo fundamental: paciente que se estresa, a nivel emocional o físico, en general, la enfermedad se le activa», apunta Savio.
Los especialistas aclaran, no obstante, que el estrés no es la causa de la psoriasis, que tiene un origen genético y que puede cursar con remisiones y exacerbaciones, en las que diferentes factores pueden actuar como disparadores, el estrés es solo uno de ellos. Y en esta época está jugando un rol importante.

«Cuando me demoran la medicación, me empiezo a brotar» Darío Yablancek tiene 46 años, está casado, tiene tres hijos y es empleado en una cadena de venta de electrodomésticos. Convive con la psoriasis desde los 32, cuando las primeras placas de eso que no sabía qué era terminaron cubriéndolo por completo en 15 a 20 días. «Era una mancha entera, porque me agarró psoriasis severa». No quería acercarse a su hija porque creía -erróneamente- que su cuadro era contagioso, cayó en una fuerte depresión (otra comorbilidad frecuente en las personas con psoriasis), no quería salir a la calle. Sabe lo que es sufrir la enfermedad: ha llegado a manchar las sábanas de sangre porque la piel se le rasgaba, ha pasado días de invierno en short y remera por no poder vestirse. Estuvo internado en varias oportunidades por brotes severos. Con los años, empezó a «amigarse» con la enfermedad, a aceptarla, sabiendo que tiene que estar preparado para sus ataques. Los medicamentos biológicos -son la última generación en fármacos- supusieron un cambio en su calidad de vida. Por eso los problemas para acceder a ellos lo desequilibran a nivel físico y emocional. «Cuando me empiezan a demorar la entrega, me empiezo a brotar, porque yo confío en la medicación. Me pongo ansioso y me empiezo a ver manchas», le cuenta a Clarín.

En 2019 estuvo internado por una eritrodermia compleja porque no le daban la medicación. Fueron necesarios 10 días para estabilizarlo. Un mes después le aprobaron el tratamiento con el que empezó a mejorar. Mientras en su cuerpo se iban «apagando» las lesiones, llevaba adelante un tratamiento psiquiátrico para atender la parte emocional.

«Cuando me estaban por dar el alta, aparece la pandemia. Mi psiquiatra quedó varado en Perú, no me la podía firmar. Me quedé en casa haciendo terapia por zoom. Se iban sumando los días de cuarentena, y yo quería ir a trabajar porque para mí es una terapia. Llegó junio y nada. Me empecé a brotar de nuevo. Yo tengo que renovar la medicación cada seis meses. Con mi dermatólogo era todo por WhatsApp también. Hasta que pude verlo, sacar los permisos, me mandaron a internar otra vez una semana por un brote grande. Hasta que me dieron el biológico. Al mes empezó a bajar el brote», recuerda. El alta que debía llegar en marzo, recién la tuvo en agosto, como consecuencia de la pandemia.

Darío realiza tareas administrativas desde su casa en González Catán para el local situado en Balvanera. Se encarga también del cuidado de sus hijos.»Tengo asumida la enfermedad, estoy en tratamiento, estoy trabajando. Tengo mi mente en el trabajo. Y haciendo las cosas de la casa», dice.

Hace años que dejó de responder que es «una alergia» cuando alguien le pregunta por sus placas, ni las esconde con mangas largas aun en pleno verano. Llama a la enfermedad por su nombre y se convirtió en un referente en su entorno sobre la patología. Pero cada seis meses se enfrenta a un combo que puede volverse explosivo. «Siempre que tengo que renovar la medicación me produce tensión porque la obra social da muchas vueltas. Cuando me empiezan a demorar, me pongo loco. Es una medicación muy cara y dan vueltas». Para intentar relajarse, Darío suele escuchar música clásica o sonidos de lluvia, que le permiten conciliar el sueño cuando las preocupaciones interfieren con su descanso.

El psicólogo e instructor de mindfulness Martín Reynoso afirma que en las enfermedades crónicas, como la psoriasis, es fundamental cultivar la aceptación y reducir el estrés.

¿El objetivo? Enfrentar el dolor que va más allá de lo físico, es decir, «el ‘agregado mental’, una experiencia innecesaria de no poder aceptar lo que me está ocurriendo y desear que las cosas sean de otro modo».

«El mindfulness, entrenamiento meditativo que intenta reducir la reacción al dolor o al estrés, ha demostrado tener buena respuesta de los pacientes con psoriasis que lo practicaron. Mientras eran sometidos a fototerapia mostraron una evolución más rápida que el grupo control que no practicó con los audios de mindfulness», apunta Reynoso, director de Train your Brain.

«Los dolores eran infernales» Aldo «Teddy» Sánchez tiene 63 años y vive en Santa Fe con sus hijos y su mujer. A los 18 empezó a tener placas, a los 40, además, se sumaron los dolores articulares provocados por la artritis psoriásica. «Con los medicamentos, mi piel está sana. Muchos dicen ‘estoy limpio’, a mi no me gusta decir eso, porque me baño todos los días. Pero estuve muy mal en marzo cuando no me dieron la medicación. Estaba brotado todo mi cuerpo, los dolores eran infernales, no me dejaban trabajar», dice Teddy.

Antes de la pandemia, no había tenido problemas para recibir la medicación. Pero el año pasado recién comenzaron a dársela en agosto, cuenta. «En 2021 me dieron medicación por tres meses.»
En marzo de este año tuvo que ser hospitalizado. «Estuve internado porque el IAPOS no me reconocía la medicación (las inyecciones, los biológicos). Como no me la daban, me iba poniendo cada vez más nervioso, quedé internado tres días por los dolores. Con toda la pelea que hizo la médica, me reconocieron el medicamento», cuenta.

Verónica Savio, desde Córdoba, lamenta la burocracia a la que deben enfrentarse muchos pacientes para acceder a esos tratamientos que marcan la diferencia entre convivir con la enfermedad y padecerla. «La indicación está y probablemente se los van a dar, pero a veces es tan engorroso lo que tienen que pasar para acceder, y más en pandemia, que eso ha generado angustias». «Si tenés un paciente que tiene la piel exacerbada, compromiso de artritis (dolor, rigidez, entumecimiento matinal), su calidad de vida está totalmente afectada», señala. «Y cuando está activa la enfermedad, es una enfermedad inflamatoria per se y aumenta el el riesgo de enfermedad cardiovascular, de ateroesclerosis acelerada. No es solo que uno le quiere calmar el dolor al paciente, sino que necesitamos que se controle la enfermedad, la inflamación, para mejorar la calidad de vida, la funcionalidad y evitar las consecuencias de una enfermedad no tratada o subtratada».

Teddy lo relata en primera persona: «No podía salir, no podía caminar, no podía hacer nada. Además de que la artritis no me deja caminar demasiado, ni trabajar tanto. Trabajo hora y media y paro para caminar un cuadra. Siento mucho cansancio. Vivo cansado. A la mañana me cuesta levantarme».

La actividad física ayuda, pero en marzo debió dejar acquagym. «Estoy perdiendo fuerza y masa muscular en una pierna, me doy cuenta porque cada vez me cuesta más apretar el embrague», afirma.
Según la encuesta de AEPSO, actualmente 6 de cada 10 consultados no realizan actividad física. Alrededor de un 30% que ejercitaba antes de la pandemia, dejó de ejercitar en la cuarentena, y aún hoy no volvió a ponerse en movimiento. A Teddy, su médica le aconsejaba no salir a trabajar en el peor momento de la pandemia. Pero él necesita hacerlo para tener ingresos («no me queda otra»).
Y ahora tiene que renovar la autorización de la medicación cada tres meses. «Cada vez peor», se lamenta.

En la piel de los chicos

No eran manchitas provocadas por el sol las que aparecieron en la cara de Lucía en el verano de 2017, cuando estaba por entrar a primer grado. Llegó a tener casi todo su cuerpo comprometido.
Pasó de la medicación tópica (cremas y ungüentos con corticoides) a la sistémica (metrotexato), fue controlada de cerca por la dermatóloga especializada en psoriasis infantil Paula Luna, y ella y su familia recibieron acompañamiento terapéutico. Un año después, las lesiones habían desaparecido y gradualmente fue dejando la medicación hasta abandonarla por completo.

«No volvimos a tener noticias de su psoriasis hasta el año pasado. Consultamos con Paula ante las primeras lesiones y las fuimos tratando con corticoides tópicos. A mediados de año, ya con varios meses de confinamiento, comenzaron a exacerbarse las lesiones, otra vez en el contorno de su cara, cuero cabelludo y algunas en sus brazos y piernas», cuenta Bárbara Puente, mamá de la nena de 11 años.
Y continúa: «Era claro que Lu no la estaba pasando bien, fueron meses difíciles para todos, tratando de adaptarnos a la nueva realidad, congeniar el trabajo (su papá y yo somos docentes y trabajamos todo el año en modalidad virtual), con las clases y su hermana que cursaba primer grado. Creemos que todo eso tuvo un gran impacto en Luli en lo emocional y puede haber sido un factor desencadenante para su psoriasis, nuevamente».

Con la médica decidieron retomar la terapia con metrotexato, que había resultado exitosa en el primer brote. Pero esta vez los resultados no fueron los esperados y decidieron pasar a la terapia biológica, a la que accedieron sin mayores dificultades. «Hoy la recuperación es casi total y ya no tiene lesiones o placas activas», comenta Bárbara, feliz.
Para Luna, dermatóloga pediátrica de los hospitales Ramos Mejía y Alemán, lo que más perjudicó a los pacientes con psoriasis infantil fue la falta de acceso a especialistas y a tratamientos específicos, especialmente en familias de menores recursos.

«Creo que esa fue la manera más importante en que afectó la pandemia a los niños con psoriasis. Ya que los tratamientos de psoriasis pediátrica (al igual que de adultos) requieren que el especialista esté relativamente entrenado en el abordaje de esta patología, que conozca las alternativas terapéuticas, las opciones acordes a la severidad.» Es que, explica, «algo muy conocido en las enfermedades crónicas en general, pero en la psoriasis en particular, es el subtratamiento. Un poco por la adaptación de los pacientes y otro poco por la falta de acceso a un especialista entrenado que pueda decirle ‘esta es la mejor alternativa’ y no que lo deje subtratado con opciones que no logran una remisión o un control adecuado de la enfermedad».

Pero para Luna, la pandemia también tuvo una cara amable para niños, niñas y adolescentes.

«Especialmente en el inicio, impactó de manera positiva porque podían no mostrarse, que es algo que les da mucha vergüenza a los pacientes con psoriasis, no tenían esa necesidad de exponer su piel y podían hacer tratamientos un poco más engorrosos en casa, como ponerse cremas y ungüentos más pesados, ya que no tenían necesidad de salir temprano vestidos para ir al colegio», señala.
Y añade que a otros pacientes la no presencialidad y la menor exigencia escolar los favoreció, «porque a algunos les trae un gran estrés y eso tampoco colabora con la psoriasis».

Es el caso de Valentina, de 16 años, la última de cinco hermanos y la única que vive en casa con su mamá Gladys y su papá. También su historia con la psoriasis coincidió con el comienzo de la escuela primaria. El primer brote fuerte que sufrió la dejó casi al borde de la internación.

-¿Cómo la afectó la pandemia? -Tiene unos pequeños brotecitos y enseguida lo atacamos con algún tópico, alguna crema. Ella tiene una psicóloga que la está ayudando en la parte emocional porque hay que trabajarlo mucho. Todo lo que implique emociones que a ella le puedan provocar nerviosismo, miedos, todo acelera el proceso de psoriasis -comenta Gladys-.
No sale a ningún lado -añade-. Es un poco retraída, seguramente por su enfermedad. Es lo que aprendió de chiquita, porque la mirada del otro en la calle, en la escuela, la hicieron sufrir mucho. No salía mucho antes de la pandemia. Ahora hace todo por teléfono, por computadora. De vez en cuando, se junta en una plaza. Por suerte pudo manejarlo bastante bien con el tema de no brotarse tanto. Entre el acompañamiento psicológico, bastante bien lo está llevando.

A Valentina, cuenta su mamá, no le piden que se conecte a las clases, solo tiene que entregar trabajos. Por un lado, siente que eso la benefició, porque le cuesta mucho hablar en público. Sin embargo, también lo ve como un arma de doble filo. «No me gusta tanto eso porque yo quiero que ella se integre, no que se aísle, pero es lo que encontramos para que ella esté tranquila».

Un buen control

«Un paciente bien controlado es el que tiene cubiertas todas las áreas: diagnóstico adecuado, acceso a consultas y medicamentos, que se mantengan en el tiempo (que no se corten), para que una vez alcanzada esta mejoría, se pueda sostener en el tiempo», responde Cristina Echeverría, desde la Sociedad Argentina de Psoriasis.

Todos esos factores se vieron interrumpidos o con dificultades por la pandemia.Por eso, subraya la importancia de que los pacientes retomen, en el caso de que todavía no lo hayan hecho, el contacto con el sistema de salud: «Que no tengan temor de consultar y que se apoyen en las asociaciones de pacientes, que también cumplen un rol fundamental».

Un rol que se intensificó durante la pandemia, reconoce Fernández Barrio. «Es nuestra función, somos el colchón, nosotros estamos ahí para esto, para recibir, para que nos llamen, para escucharlos. Estamos entrenados para hacerlo, trabajamos en eso».

En AEPSO reciben 9.000 consultas anuales, el 80% en busca de profesionales especializados en atención de la enfermedad psoriásica. En el sitio web está disponible una cartilla online con médicas y médicos de todo el país, que trabajan en instituciones públicas y privadas. Y también atienden consultas en el 0800 22 AEPSO (23776).

Publicado originalmente en Clarín